Quiere salir, quiere irse. Hay algo que no está funcionando, algo que no le pertenece. Pertenecer, así es, ella no pertenece ahí, no se halla, no se encuentra. Se distrae y se entristece. Las personas tampoco la ayudan a pensar lo contrario. Esas personas no saben quien habita en su ser, lo supieron por mucho tiempo pero ya lo olvidaron, como si alguien se los hubiese arrancado de la memoria. Sí, alguien, esa es la razón.
Gritar es lo que apaciguaría su interior, sacar las malas impurezas y soltar, soltar todo, hasta la vida. Ella quisiera que su mente se anule por momentos, para no poder pensar más en lo que la ataca tanto.
La soledad está devorando sus alegrías, la está manipulando, pero no quiere, no puede admitir la idea de que todo cambió porque le gustaba como estaba. Nuncá pensó que iba a añorar tanto algo que está tan cerca, pero tan lejos a la vez.
-Irreconocible- piensa. Su ser también lo está, llena de tajos que no logran cocerse, por más que uno lo intente una y mil veces. El tiempo se acaba y ya no puede esperar, la lucecita se va apagando lentamente.
Recurre a muchas ayudas en aquel lugar que de noche se enciende, ese lugar mágico que con tan solo dar un paso adentro la mueca de la boca se le va agrandando. Solo ahí ella es transparente y su alma encuentra el equilibrio y se purifica.
Sueña que, tal vez, un día va a llegar el momento en que todo se centre y se modifique nuevamente. Empezar su capítulo aspirado.
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